Un flash en la noche de Nueva York

(M) MUESTRAS

Weegee. La cámara del crimen

Lugar: Centro Cultural Borges, Viamonte y San Martín.
Fecha: hasta marzo.
Horario: lunes a sábados, 10 a 21. Domingos, 12 a 21.
Entrada: gral., $200. Estudiantes y jubilados, $150.

Se llamaba Arthur Fellig y había nacido en 1899 en lo que entonces era el imperio austrohúngaro y hoy es Austria, pero se hizo leyenda en Nueva York con el pseudónimo de Weegee. Es su mirada personalísima de la vida –y la muerte– en Manhattan en los años 30 y 40 lo que ahora, por segunda vez, tenemos la oportunidad de ver en en el Centro Cultural Borges. Es que la exposición Weegee. La cámara del crimen ya había estado allí en octubre y quienes se la hayan perdido entonces tienen la suerte –gracias a los vaivenes a veces misteriosos de la programación– de reparar esa omisión ahora. Muchos se sorprenderán tal vez al descubrir en la muestra a un fotógrafo cuya obra va mucho más allá de las escenas policiales que lo hicieron famoso. Weegee no sólo fotografió escenas del crimen con su cámara Speed Graphic y el aparatoso flash incorporado que asociamos con las películas de gángsters de la época. De hecho –un poco cotradiciendo el título de La cámara del crimen– la mayoría de las imágenes de la muestra son ajenas a ese mundo y retratan, a veces con ternura, a veces con humor, otras con feroz ironía o con amargura, escenas de la vida cotidiana de la gente común. Se trata casi siempre, eso sí, de escenas nocturnas en las que por lo general puede percibirse en ellas una mirada socialmente crítica. Y siempre muy atenta a las actitudes y los gestos de las personas. “La gente es tan maravillosa –decía– que un fotógrafo sólo tiene que esperar el momento que quita el aliento para crear lo que quiera en la película”.

Weegee hizo trabajos free lance para Vogue, Fortune, Look, Life y otras revistas internacionales. Pero antes de convertirse en fotógrafo profesional fue asistente en varios estudios en los que aprendió el oficio. En 1921 pasó por The New York Times, pero donde empezó a convertirse en Weegee fue en la agencia Acme Newspictures (luego UPI). Allí empezó a trabajar de noche cubriendo detenciones policiales, accidentes, incendios… Sus fotos se publicaban en muchos diarios de los Estados Unidos, pero todo el crédito se lo llevaba Acme. El reconocimiento no le era indiferente. Todo lo contrario, le interesaba mucho. Quería ser reconocido y elogiado por su trabajo, así que después de varios años de sufrir el anonimato, en 1935 decidió trabajar por sí mismo y se convirtió en fotógrafo free lance.

Tuvo mucho éxito porque ya era un profesional, pero sobre todo por su rapidez. Era tan rápido que se ganó el apodo de Weegee porque aparecía en el lugar de los hechos –para usar la jerga policial– como si fuera capaz de predecirlos como el tablero de la ouija, que en inglés suena parecido. Durante un tiempo trabajó dentro de una dependencia policial, esperando allí novedades para salir a fotografiar. Pero en cierto momento se convirtió en el primer fotógrafo en tener licencia para tener una radio policial en su auto. Llegaba antes que la policía. Hacía sus tomas, revelaba en el auto, todo rápido para la prensa. Tenía una enorme capacidad de trabajo. Era capaz de cubrir hasta seis historias por noche, en general en el Lower East Side, que en esa época era la zona de la ciudad donde más crímenes sucedían.

Entre las fotos exhibidas en la muestra del Borges –curada por Blanca María Monzón– hay un texto del propio Weegee en el que describe ese momento de su trayectoria: “Mi coche se convirtió en mi casa. Tenías dos asientos y un baúl especial muy grande. Guardaba todo ahí: una cámara, bombillas de magnesio, soportes adicionales, una máquina de escribir, botas de bombero, cajas de cigarros, película infrarroja para fotografiar a oscuras, uniformes, disfraces, una muda de ropa interior, zapatos y calcetines extras. Ya no estaba atado al teletipo de los cuarteles de policía. Tenía mis alas. Ya no tenía que esperar que el crimen viniera a mí; yo podía ir tras él. La radio era la línea de mi vida. Mi cámara –mi vida y mi amor– era mi lámpara de Aladino”.

A veces el tema central en sus fotos no es el hecho mismo –el crimen, el accidente, el incendio– sino las reacciones de la gente, las emociones en las caras de los retratados. O alguna ironía que el fotógrafo ve y registra en la escena misma. Es el caso de la imagen en la que dos policías cubren con diarios el cuerpo de un hombre asesinado en la calle ante la mirada de decenas de personas que los rodean, mientras en el fondo se lee en el cartel de un cine el anuncio de una película con Irene Dunne: Joy of Living (la alegría de vivir). O la de un edificio de varios pisos en llamas al que los bomberos arrojan chorros de agua. Increíblemente, como si el mismo autor de la foto lo hubiera escrito como un chiste, en la mitad del edificio hay un cartel publicitario (seguramente de sopa o de café instantáneo) que dice “Simply add boiling water” (sólo agregue agua hirviendo).

De alguna manera todas o casi todas las imágenes de Weegee –aun las más trágicas, como en los dos casos mencionados– tienen algo de chiste, algo que a falta de mejor palabra podríamos calificar de cómico. En una de las fotos expuestas en el Borges se ve el cuerpo de un presunto ladrón muerto a tiros mientras huía de la policía. A un metro del cuerpo, sobre el piso, también se ve el arma que llevaba. Menos evidente, pero visible, a milímetros de la boca del hombre que besa el piso, el cigarrillo que increíblemente estaba fumando en el momento de caer.

Se ha dicho que Weegee solía alterar las escenas para lograr mejores fotos. Que algunas de sus imágenes no son registros puros de la realidad sino, en alguna medida, puestas en escena que él mismo armaba. Es posible que así fuera. De hecho una de sus fotografías más famosas, “The Critic”, de 1943 –que también se exhibe en la muestra del Borges–, es una escena que él en parte compuso. La noche de esa toma Weegee le encargó a su asistente, Louie Liotta, que encontrara y le trajera algún personaje marginal hasta la entrada de la Metropolitan Opera House donde estaba por comenzar una función de gala. Liotta reclutó a una mendiga borracha a la que –a una señal de Weegee en el momento preciso– introdujo en la escena cuando bajaban de su auto para asistir a la función dos aristocráticas damas de Nueva York impecablemente cubiertas con vestidos de terciopelo, deslumbrantes tapados de piel blancos, joyas en el pecho, en las muñecas, en las orejas, cada una coronada por una tiara, como una princesa. En el momento justo Weegee disparó tres o cuatro flashazos. Las dos aristocráticas figuras miran de frente sonrientes a la cámara, mientras la mendiga que a duras penas se sostiene en pie las observa con mirada hostil. La foto es como la ilustración de un cuento, la imagen perfecta de la riqueza fabulosa y la extrema pobreza. Se publicó en la revista Life bajo el título “The Fashionable People”  (algo así como “la gente chic”) y se convirtió e n una imagen icónica de la desigualdad social en los Estados Unidos, y no perdió esa condición cuando se supo que la escena había sido preparada. La historia de esta foto –y de la falta de escrúpulos de Weegee para eventualmente mejorar las escenas que fotografiaba– tiene interés especial hoy, en la era de las fake news.

En 1946 Weegee publicó su primer libro de fotos Naked City (La ciudad desnuda), que inmediatamente se convirtió en gran éxito editorial y agotó varias ediciones. El libro inspiró además la película policial homónima. Ambas cosas alentaron a Weegee a dejar el fotoperiodismo, mudarse a Hollywood y convertirse en actor. No le fue bien. Después de retratar allí celebrities y figuras del espectáculo –en el Borges hay un par de retratos de Dalí, uno de Clark Gable, uno de Marilyn Monroe– regresó a Nueva York en el 52 y empezó a hacer desnudos. La foto de Marilyn en realidad es del año 60 y pertenece a una serie de retratos distorsionados por un mecanismo artesanal que el fotógrafo inventó y lo convirtió en pionero de las aplicaciones digitales que se usan hoy con resultados similares. Hay quien considera que sea foto también es pionera por anticipar de alguna manera las críticas hoy usuales al modelo de belleza femenina que encarnaba Marilyn.

Hay en la muestra del Borges dos fotos diurnas que es imposible pasar por alto. Una, de 1940, es la de una multitud inverosímil en una playa de Coney Island. Los bañistas más cercano miran a la cámara, trepada a un lugar más alto a unos tres o cuatro metros de la arena. Y uno de ellos, que se destaca por estar parado sobre los hombros de otro, parece japonés y saluda sonriendo a la cámara con genuina felicidad. Al lado de esa foto hay otra, posterior al ataque de Pearl Harbor, que puede sugerir una amarga ironía. Un chiquito de no más de 5 años, vestido con una chaqueta militar que le queda como un sobretodo, sostiene un cartel que acusa a los “japs” (japos) de “ratas”. Probablemente a esa altura de la historia, el japonés que sonríe en la playa de la otra foto estaba ya encerrado en un campo de concentración en Estados Unidos.

La otra foto diurna maravillosa es la de un grupo de chicos que juega con los chorros de agua que salen de una boca de incendio en un día de verano neoyorkino. Una imagen que se parece bastante a la felicidad.

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