Eduardo Grossman. Antología posible

Eduardo Grossman. Antología posible

06.07 al 22.09 de 2017

(M) MUESTRAS

FOTOS

Marcos Zimmerman: 15.10.17

Lugar: Espacio Fundación OSDE. Suipacha 658
Fecha: Hasta 21 de octubre
Horario: lunes a sábados de 12 a 20
Entrada: Gratis

Durante años, Eduardo Grossman sumó a su tarea de periodista gráfico el trabajo de editor de uno de los diarios más importantes del país, un oficio que lo marcó como una yerra honrosa. Pero, además, fue uno de los protagonistas del naciente movimiento de fotografía de arte de los años 80 y, en los últimos años, planteó importantes discusiones sobre el lenguaje fotográfico a través de su propia obra y de la publicación de diversos textos. El trabajo de seleccionar, ordenar y asistirlo en el montaje de esta muestra antológica al que me convocó, no solo me llenó de gusto sino que la palabra “curador” (en el Derecho Romano: quien cuidaba a enfermos mentales) me obligó a buscar otro nombre para mi tarea. No me fue penoso intentarlo. Siempre tuve rechazo a la presunción de ciertos curadores y a la palabra que los alude. El título me remite a fiebre, a oscuros chamanes de monte, a maracas llenas de flecos batiéndose con frenesí al ritmo de cánticos pentatónicos desafinados y a bocas que escupen sangre de cabras montaraces sobre cuerpos enfermos para luego chuparles el ombligo y esputar el mal, convertido en maltrecho carozo, a la selva. De estos gestos, satánicos, ingenuos o interesados —como quiera vérselos—, el trabajo de Eduardo Grossman no tiene nada. La naturalidad con que puede retratar a un político o a un artista y escrutarle el alma, para luego realizar una fotografía propia de un periodista gráfico, hacer carambola en otra de estructura brutalista y hablar del mundo con apenas un primer plano abstracto de los rastros dejados en el asfalto, solo me recuerda a la ductilidad renacentista. A quienes no se han apoltronado en un solo estilo y, en cambio, buscan recrear escenarios diferentes a cada paso, con una perseverancia libertaria casi maniática.

Eduardo Grossman es ese tipo de artista. Y, tal vez por eso mismo, sea un fotógrafo difícil de clasificar. Desde que lo conozco, cada vez que uno pensaba que su trabajo había tomado un cierto rumbo, aparecía con un ensayo innovador. Y cuando uno se preparaba para la aparición de una obra de ruptura, salía con una serie clásica. Lo cierto es que Grossman transitó desde el reportaje callejero a la fotografía de arte con la misma facilidad de un niño que se chupa el dedo gordo y realizó ensayos que a otros requeriría años construir, con la misma soltura con que Maradona la clava en un ángulo imposible. Si bien es cierto que el resultado de su trabajo es mérito de una búsqueda personal, la trayectoria de Grossman no deja de estar atravesada por nuestra época. Por su pertenencia a una generación que exploraba nuevos rumbos en los años 60, por las persecuciones políticas a los reporteros gráficos en los años 70, por las construcciones grupales de foros fotográficos durante la incipiente democracia de los 80 y por el mercado de arte aparecido en los 90. En algunas de sus primeras fotografías en 35mm de los 70 —Leyendo clasificados en la puerta de Clarín, Elecciones en Portugal, Escultura en Holland Park, La Rural— y en las posteriores, de los años 80 —Tomando sol en la Autopista, Director de la banda en la esquina de Suárez y Caboto y Frontón de Catalinas Sur —, Grossman muestra ya el estilo de fotografía directa que subyace luego en toda su obra. Es ese mismo estilo el que se profundiza y refina en sus trabajos como periodista gráfico: Local del Partido Socialista, Madres de Plaza de Mayo, Reencuentro del matrimonio Cuesta después de 10 años presos y El Papa Juan Pablo II en el Luna Park.

Pero, es también esa misma impronta periodística, aquella que confiere un corte personalísimo a la serie más conocida de Eduardo Grossman: sus retratos. Las fotografías de Illia, Jaques Cousteau, Federico Moura, Fito Páez, Pappo, Antonio Gasalla, Bioy, Borges, Charly García o Hermeto Pascoal son, además de un mapa de cada uno de ellos, el registro de un instante en la vida de esos personajes. No hay en estas imágenes alguna pose pedida por el fotógrafo o impuesta por los modelos. Al igual que su serie callejera realizada en Europa. Pero hay un grupo de fotografías que produce un quiebre en la importancia que hasta ese momento Grossman le asigna al instante decisivo. Esa serie, que reúne las fotografías Colectivo en Barracas, Perro y diablo, Escultura con manguera, La siesta, Esquina de Boedo y Trabajo intervenido, es donde Grossman parece comenzar a pensar la fotografía como un hecho más conceptual y relegar la inmediatez a un segundo plano. Donde empieza a preguntarse sobre la naturaleza de la fotografía y su capacidad o no para captar la realidad del mundo. Desde allí hasta la potencia visual presente en el grupo de fotografías Cárcel de Caseros, Terraza del Quinquela, Trabajador y Virgen, Eduardo Grossman atraviesa miradas diferentes, como en la serie de Miramar y en los trípticos que remiten a algunas de sus primeras fotos: Vías de Retiro, Draga en Dock Sud, Estrella patagónica y Puente Avellaneda. Pero allí no acaban las miradas que desenvaina Grossman.

Queda todavía otra manera más de observar, presente en la obra de este fotógrafo de ojos múltiples, especie de opuesto a Polifemo. Esa nueva mirada está presente en el grupo de fotografías de la serie Concreto, que rompe con la manera de mostrar el mundo a la que Grossman nos tenía acostumbrados. Desde entonces se vuelve casi un pintor abstracto. Esto, hasta que descubrimos que esas imágenes no son más que primerísimos primeros planos de calles, afiches y diminutos objetos incrustados en el asfalto que cubre la ciudad. Que estas aparentes abstracciones son, en el fondo, nada más que un truco para hacer más evidente un realismo aún más profundo. Hay además un hecho inusual en el trabajo de Grossman. Al mirar las fechas en las cuales fueron hechas las fotografías que conforman cada una de sus series, uno descubre que han sido tomadas a lo largo de más de cuarenta años. Y entonces uno se pregunta, con asombro, cómo ha hecho para llevar esas distintas maneras de mirar, conjuntamente, a través del tiempo. Cómo ha ido hilvanando diferentes series manteniendo, en cada una, una manera de ver, específica y coherente. Allí se descubre que Eduardo Grossman no es uno, sino varios. Los mismos que él suele relatar cuando explica que fotografía con enorme placer, sin un plan premeditado, siguiendo un instinto que lo lleva a expresar cada tema con mirada diferente.

El caso es que, desde las primeras tomas que realizó con una cámara Agfa Silette de 35mm que le regaló su padre, hasta esta muestra antológica que hoy presenta en la Fundación OSDE, Grossman ha sido muchos fotógrafos, pero ha logrado mantener una idea a lo largo del tiempo: expresar el mundo que le ha tocado y dar su opinión al respecto. Para ello se ha valido de todos los estilos posibles que, al verlos reunidos, se revelan más que efectivos. Por eso, Eduardo Grossman resulta el fotógrafo más libre que tuvo nuestra generación. El más espontáneo. El más humanista. El más instintivo. Y esa es también la razón por la cual yo no podría ser nunca “curador” de esta extraordinaria exposición. Aquí no hay nada que sanar. Lo pueden ver con sus propios ojos. Solo soy un colega, honrado por su convocatoria, que le ha prestado su mejor mirada para ordenar un universo visual riquísimo, que esperaba salir a la luz.

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2018-05-21T23:37:23+00:00